El monitoreo climático comunitario se convirtió en una herramienta clave para que poblaciones del occidente salvadoreño enfrenten la sequía y adapten sus ciclos agrícolas. La iniciativa fue presentada por Katia Aguilar, coordinadora de Procesos Agroecológicos, y Asunción Martínez, responsable de la Red de Monitoreo Hidroclimático Comunitario de la Unidad Ecológica Salvadoreña (UNES), durante una entrevista en el programa Punto de Vista de la radio YSKL.
Frente al incremento sostenido de las temperaturas y la irregularidad de las lluvias, las familias campesinas combinan mediciones meteorológicas locales con técnicas de agroecología para garantizar su alimentación diaria y proteger sus medios de subsistencia.
Ciencia comunitaria y monitoreo climático comunitario en el territorio
En las zonas bajas de los departamentos de Sonsonate y Ahuachapán, los pobladores operan estaciones locales que registran variables críticas como la precipitación y la oscilación térmica. Esta labor continua permite analizar el comportamiento de fenómenos extremos, tales como las olas de calor inéditas reportadas en agosto y las lluvias intensas concentradas en septiembre.
La información generada orienta la toma de decisiones preventivas en las comunidades. Con estos datos, las familias pueden anticipar inundaciones, redefinir los calendarios tradicionales de siembra y frenar la proliferación de plagas causadas por las altas temperaturas sostenidas.
Según explicó Martínez, la difusión de estas cifras no solo reduce la brecha de género en el acceso a la ciencia popular, sino que reivindica el papel protagónico de los sectores que sufren los efectos directos de la crisis ambiental en primera línea.
Bancos de semillas nativas y rescate de cultivos ancestrales
La preservación de la biodiversidad vegetal es otro de los pilares del proyecto para sostener la seguridad alimentaria sin depender de insumos industriales. Colectivos de mujeres gestionan santuarios de semillas donde reproducen, aclimatan y almacenan variedades autóctonas de maíz, frijol y hortalizas como pepino, ejote y cebollín adaptadas al suelo regional.
Aguilar detalló que este esfuerzo colectivo protege material genético esencial para la dieta local. Asimismo, las comunidades reactivaron la siembra de especies tradicionales altamente resistentes al estrés hídrico, tales como el ojote, la malanga, el ñame y la papa del aire.
Estas plantas no solo resisten periodos secos severos, sino que enriquecen los nutrientes familiares en temporadas donde las cosechas convencionales se pierden por falta de humedad.
Cosecha de agua y diversificación económica ante la sequía
El impacto del fenómeno de El Niño ha intensificado la falta de agua en las parcelas familiares. Para mitigar esta situación, las organizaciones instalaron sistemas de captación y almacenamiento de agua de lluvia, los cuales mantienen el riego mínimo en los huertos durante las semanas más secas del ciclo agrícola.
La estrategia productiva incluye la cría de aves de corral para la obtención de huevos y proteína animal. La comercialización de excedentes proporciona ingresos monetarios directos a las mujeres campesinas, permitiéndoles adquirir productos básicos que no crecen en sus terrenos, como azúcar y aceite.
El plan abarca además la restauración de bosques de manglar en sectores costeros como la Barra de Santiago. En esta área, jóvenes y mujeres desarrollan reforestaciones para contrarrestar marejadas y crecidas de ríos, consolidando el monitoreo climático comunitario como un modelo integral de protección territorial.
Datos clave
- Red comunitaria: Familias de Sonsonate y Ahuachapán miden lluvias y temperatura para anticipar inundaciones y plagas.
- Semillas nativas: Colectivos de productoras resguardan especies ancestrales como ojote, malanga y ñame por su resistencia a la sequía.
- Cosecha de agua: Sistemas pluviales y cría de aves complementan los huertos para asegurar ingresos y alimentos.






