La profunda crisis en Cuba golpea con fuerza a los sectores más vulnerables de la población y alcanza incluso a destacados referentes del ámbito académico. A sus 81 años de edad, el doctor en Ciencias Raúl González Hernández se vio obligado a comercializar café de manera informal en las calles de La Habana para sustentar sus gastos diarios. El investigador, reconocido por su participación en la fórmula del suplemento nutricional Trofín, recurre a esta actividad ante la insuficiencia de sus haberes jubilatorios.
La situación tomó estado público mediante un relato difundido por su hija en plataformas digitales, donde expuso las dificultades económicas que enfrenta el hogar. El caso generó un amplio debate sobre las condiciones de vida de los adultos mayores en la isla caribeña.
Una trayectoria académica sin rédito económico personal
González Hernández consagró varias décadas al sistema científico estatal de su país. Durante la década de 1990, colaboró activamente en la creación del suplemento alimentario Trofín, destinado a combatir cuadros de anemia y problemas de desnutrición en pacientes convalecientes.
Pese a la trascendencia de dicho avance terapéutico, el profesional no posee derechos económicos ni titularidad de patentes sobre el compuesto. La legislación cubana establece que las patentes y registros comerciales queden bajo la potestad exclusiva de entidades del Estado. Esta estructura legal impidió que el especialista percibiera regalías o compensaciones proporcionales al éxito del medicamento.
El impacto de la crisis en Cuba en los jubilados
Las dificultades económicas familiares se agravaron cuando Elizabeth González Aznar, hija del científico, debió desvincularse del Instituto Finlay debido a complicaciones de salud y estrés en su puesto. Tras no encontrar vacantes laborales en otros centros pertenecientes al conglomerado estatal BioCubaFarma, ambos resolvieron emprender actividades comerciales por cuenta propia.
Inicialmente, el especialista optó por la venta de vino casero y más tarde instaló un modesto puesto ambulante para expender café caliente. La agudización de la crisis en Cuba condujo a miles de pensionados a adoptar ocupaciones similares para adquirir alimentos esenciales, remedios e insumos básicos. Los haberes previsionales oficiales han perdido casi toda capacidad de compra frente a la inflación acelerada.
El colapso del sistema eléctrico complica la supervivencia
La búsqueda de recursos mediante el comercio informal se topa con el severo deterioro de los servicios públicos básicos en la capital cubana. Los continuos cortes de energía eléctrica condicionan directamente la preparación de bebidas y alimentos, impidiendo el funcionamiento regular de los refrigeradores y el almacenamiento adecuado de suministros.
De acuerdo con reportes de la Unión Eléctrica estatal, el Sistema Electroenergético Nacional registró un déficit de generación que rozó los 1.790 megavatios durante las horas de mayor consumo. Esta desconexión masiva paraliza las actividades cotidianas y dificulta el sustento de quienes dependen de sus ventas diarias para sobrevivir.
La realidad de este investigador resume las penurias que atraviesa la sociedad insular en su conjunto. Su labor como vendedor ambulante refleja el contraste entre el prestigio intelectual alcanzado durante décadas de servicio y la apremiante necesidad material que marca el presente de la nación caribeña.
Datos clave
- Raúl González Hernández, doctor en Ciencias de 81 años, vende café en La Habana para complementar su magra pensión de jubilado.
- El científico participó en el desarrollo del suplemento nutricional Trofín en los años noventa, pero las patentes pertenecen al Estado cubano.
- Las ventas informales se iniciaron luego de que su hija dejara su empleo en el Instituto Finlay por cuestiones de salud.
- El déficit energético en la isla supera los 1.700 megavatios en horarios pico, lo que complica la conservación de insumos para el comercio callejero.






