La amante de Mussolini, la intelectual Margherita Sarfatti, emerge con fuerza en la nueva publicación literaria de la escritora Daniela Senés titulada Amantes del poder. La obra analiza los romances clandestinos que incidieron en la política mundial y expone cómo esta influyente crítica de arte forjó la figura del dictador italiano antes de terminar refugiada en Buenos Aires.
Orígenes aristocráticos y juventud rebelde
Nacida en el seno de la acaudalada familia Grassini en Venecia, Margherita creció rodeada de lujos en el emblemático Palazzo Bembo junto al Gran Canal. Sin embargo, su curiosidad intelectual la apartó tempranamente de las comodidades aristocráticas para interesarse por la literatura combativa de Henrik Ibsen y Friedrich Nietzsche.
Apenas cumplidos los quince años, abandonó la tradición religiosa familiar para sumarse activamente a las causas obreras y a los mítines sindicales. Su fervor doctrinario le valió entre los militantes el apodo de la Virgen Roja, lo que despertó el disgusto de su padre.
En ese entorno conoció al abogado Cesare Sarfatti, a quien convenció de abrazar el ideario socialista antes de formalizar su matrimonio al cumplir la mayoría de edad. La pareja se estableció con posterioridad en Milán, donde ella comenzó a destacar como una aguda crítica artística y anfitriona de reuniones políticas.
De la alta sociedad a amante de Mussolini
El rumbo de Sarfatti cambió radicalmente a finales de 1912 cuando Benito Mussolini asumió la dirección del periódico Avanti. La intensa colaboración intelectual entre ambos derivó en un vínculo sentimental determinante, donde ella cumplió un rol esencial como mecenas, consejera de imagen y articuladora cultural.
Durante años, la posición de Sarfatti como amante de Mussolini le permitió moldear el perfil estético y discursivo del régimen fascista emergente. A través de sus escritos y contactos internacionales, promovió el movimiento plástico Novecento y organizó la propaganda inicial que proyectó al líder italiano en toda Europa.
Con la consolidación autoritaria y las posteriores leyes raciales antisemitas promulgadas en Italia, la condición judía de Sarfatti la transformó en una figura incómoda para la cúpula estatal. La antigua amante de Mussolini debió abandonar el país para preservar su vida y asegurar su subsistencia ante la persecución fascista.
El exilio en Buenos Aires y el escrutinio internacional
Hacia la primavera de 1940, la escritora recaló en Buenos Aires, integrándose de inmediato a los salones culturales coordinados por Victoria Ocampo. En aquel ámbito sudamericano, los asistentes a sus tertulias buscaban desentrañar los secretos del poder mientras ella prefería concentrar sus exposiciones públicas exclusivamente en temas artísticos.
Su estadía en la capital argentina no estuvo exenta de tensiones y sospechas diplomáticas constantes. Mientras las autoridades consulares italianas remitían informes minuciosos a Roma sobre sus reuniones sociales, agencias de inteligencia como el FBI mantenían una estrecha vigilancia al dudar si era una refugiada o una agente encubierta.
El volumen de Daniela Senés revisa esta trayectoria junto a otros seis casos históricos de pasiones prohibidas, basándose en correspondencia privada y memorias de la época para ilustrar cómo los afectos personales alteraron el destino institucional de diversas naciones.
Datos clave
- Figura central: Margherita Sarfatti pasó de pertenecer a la alta sociedad veneciana a ser una de las críticas de arte y propagandistas más influyentes del siglo XX.
- Vínculo decisivo: Su relación con Benito Mussolini no solo fue sentimental, sino que definió gran parte de la construcción estética y discursiva del régimen fascista.
- Persecución y escape: Debido a su origen judío y al endurecimiento de las leyes raciales en Italia, debió huir de Europa y refugiarse en Argentina durante la Segunda Guerra Mundial.
- Vigilancia internacional: Durante su estadía en Buenos Aires en la década de 1940, fue investigada tanto por diplomáticos de Roma como por el FBI estadounidense.






