La leyenda criminal de Manco Rondán sigue marcando la memoria histórica del oriente cubano más de dos siglos después de sus primeros crímenes reportados. En el poblado de Auras, en las cercanías de Gibara, este inmigrante español levantó un mesón que ofrecía descanso a comerciantes y viajantes. Detrás de aquella fachada hospitalaria funcionaba en realidad un mortífero mecanismo diseñado para eliminar huéspedes acaudalados.
Durante las primeras décadas del siglo XIX, la región oriental de la isla experimentaba un constante tránsito de carretas, mercaderías y personas vinculadas al comercio portuario y agrario. La posada, bautizada popularmente como la Casa Larga por su estructura rectangular y extensa, se convirtió en una parada obligatoria para quienes buscaban un lecho antes de seguir camino. Sin embargo, diversos clientes con considerables sumas de dinero desaparecieron sin dejar rastros tras cruzar sus puertas.
La trampa mortal montada por Manco Rondán en la Casa Larga
El propietario se ganaba la confianza de sus visitantes mediante cenas abundantes y conversaciones amables. Cuando detectaba que un huésped transportaba joyas, animales de carga o monedas de oro, lo invitaba a un salón privado para disputar una partida de naipes. En esa habitación discreta, los viajeros se sentaban sobre un sector del suelo que escondía una compuerta secreta.
Si el visitante ganaba la partida o bajaba la guardia, el dueño accionaba una palanca oculta que abría el piso de golpe. La víctima caía de forma intempestiva hacia un pozo subterráneo profundo, sufriendo graves fracturas por el impacto de la caída. De acuerdo con las crónicas tradicionales, un barbero de la zona actuaba como cómplice para rematar a los heridos y ocultar los cuerpos de inmediato.
Fortuna ilícita, mutilación y complicidad en Auras
Francisco Rondán Rodríguez había desembarcado en Cuba procedente de Málaga alrededor del año 1820. Con rapidez notable, el recién llegado comenzó a acumular propiedades, tierras e influencia social en la comarca de Holguín. El origen de su patrimonio despertaba sospechas entre los pobladores, pero el temor a represalias acallaba las denuncias formales.
El apodo de Manco Rondán surgió luego de que el comerciante perdiera un brazo en un violento altercado callejero. Además de los asaltos en su posada, diversos relatos orales lo vincularon estrechamente con redes ilegales de contrabando y trata de personas esclavizadas. Su figura imponente y mutilada consolidó una reputación aterradora que todavía sobrevive en el refranero popular de la isla caribeña.
El destino del pozo y la huella en la cultura popular
Tras el fallecimiento del propietario, la Casa Larga pasó a manos de distintos dueños a lo largo de las décadas posteriores. Quienes habitaron la propiedad intentaron clausurar en reiteradas oportunidades la fosa subterránea, pero el pozo se resistía a desaparecer y alimentaba relatos de apariciones y ruidos extraños. La leyenda trascendió al punto de convertir el nombre del homicida en un sinónimo de maldad extrema dentro del lenguaje coloquial de la región.
El análisis de este tipo de crímenes coloniales permite entender la indefensión en la que se encontraban los viajeros en épocas de escaso control policial institucional. Las extensas distancias entre poblaciones facilitaban que las desapariciones fueran atribuidas a asaltantes de caminos o epidemias. El caso continúa siendo estudiado por cronistas como una de las primeras manifestaciones documentadas de homicidios múltiples cometidos con un fin estrictamente patrimonial en territorio cubano.
Datos clave
- Identidad del homicida: Francisco Rondán Rodríguez, un comerciante español radicado en el oriente de la isla desde 1820.
- Lugar de los hechos: Una posada conocida como Casa Larga, situada en el poblado de Auras, cerca de Gibara.
- Mecanismo criminal: Una trampilla oculta en el piso activada por una palanca arrojaba a las víctimas a un pozo profundo.
- Móvil de los crímenes: Apoderarse de joyas, dinero en efectivo, cargamentos comerciales y ganado de los viajeros.






