El aprendizaje de la lengua de señas se consolidó como una herramienta clave para derribar las barreras comunicativas y laborales que afectan a las personas con discapacidad auditiva. En El Salvador, el profesor Miguel Ángel Orellana lleva adelante una labor pedagógica continua destinada a capacitar tanto a estudiantes oyentes como a personas sordas en la capital del país centroamericano.
Nacido en 1982 en Chalatenango, una zona rural marcada por las secuelas de la guerra civil salvadoreña, Orellana sufrió una pérdida auditiva gradual a los tres años debido a una severa infección infantil. Ante la falta de recursos médicos y de detección temprana en el sistema sanitario público de la época, su familia debió radicarse en San Salvador en busca de mejores condiciones de desarrollo.
Un camino de superación hacia la docencia
El acceso a una comunidad organizada transformó por completo su perspectiva en el año 2000, cuando a los 18 años ingresó al Ministerio de Personas Sordas del Tabernáculo Bíblico Bautista Amigos de Israel Central. En ese entorno descubrió la identidad de su comunidad y comenzó a estructurar una comunicación integral que dejó atrás años de relativo aislamiento social.
Aunque completó la educación secundaria en 2004 al graduarse de bachiller, la inserción laboral formal representó un obstáculo prolongado debido a la ausencia generalizada de intérpretes y a los prejuicios del mercado. Recién en 2009 obtuvo un contrato temporal y al año siguiente consiguió la estabilidad laboral que sostiene desde hace 16 años ininterrumpidos en el ámbito de la enseñanza.
La lengua de señas y el desafío de la integración
En la actualidad, Orellana trabaja como instructor en el Diplomado en Lengua de Señas Salvadoreña (LESSA). Esta iniciativa formativa busca tender puentes directos entre la sociedad oyente y la comunidad sorda, demostrando que la lengua de señas no es un sistema estático, sino un idioma vivo que se transforma y responde a las dinámicas de sus usuarios.
El maestro salvadoreño sostiene que cuando las personas oyentes adquieren fluidez en este sistema de comunicación visual, los obstáculos del entorno cotidiano desaparecen progresivamente. A través de la mediación lingüística de la intérprete Adriana Barrera, el docente remarcó que las limitaciones reales suelen originarse en la mentalidad colectiva y no en las capacidades de los individuos.
Brechas territoriales y metas a futuro
Uno de los problemas más críticos que señala el educador es la disparidad entre la capital y las zonas rurales de El Salvador. Mientras que el área metropolitana de San Salvador cuenta con diplomados, iglesias y diversas fundaciones que apoyan a la población con sordera, en los departamentos del interior la exclusión suele ser casi total, lo que exige capacitar a los grupos familiares de manera prioritaria.
A sus 44 años, Orellana continúa enfocado en ampliar el alcance de la lengua de señas en su país y proyecta consolidar su crecimiento profesional junto a la formación de su propia familia. Su testimonio evidencia que la falta de audición no impide construir un camino laboral independiente ni liderar espacios formativos de alto impacto social.
Datos clave
- Trayectoria formativa: Miguel Ángel Orellana enseña Lengua de Señas Salvadoreña (LESSA) a personas oyentes y sordas tras perder la audición en su niñez.
- Estabilidad laboral: Logró insertarse en el empleo formal en 2010 y acumula 16 años ininterrumpidos de trabajo en San Salvador.
- Brecha territorial: Denuncia que el interior salvadoreño carece de la infraestructura y el apoyo institucional disponibles en la capital.
- Mensaje motivacional: Insta a las nuevas generaciones a superar la resignación y a derribar prejuicios mediante la educación constante.






