La renuncia de Jacob Coxon, un investigador de inteligencia artificial de 27 años que trabajaba en Anthropic, ha vuelto a encender las alarmas sobre los riesgos existenciales de esta tecnología. A través de un hilo en la red social X, Coxon advirtió que las empresas del sector "corren directamente hacia una superinteligencia capaz de automejorarse y están jugando con nuestras vidas".
Advertencias desde el corazón de la industria
Coxon no es el único en alzar la voz. Evan Hubinger, un empleado de mayor rango en Anthropic, respaldó públicamente sus afirmaciones al señalar que dentro de la industria "realmente creemos que la IA podría acabar con todos los seres humanos". Aunque Hubinger estimó esta probabilidad en menos del 10% para la próxima década, admitió que la empresa no cuenta con un plan definitivo para contener una hipotética superinteligencia que supere el control humano.
Por su parte, el director ejecutivo de Anthropic, Dario Amodei, ha reconocido previamente que la carrera desbocada por el liderazgo tecnológico podría provocar un error catastrófico de origen humano. "Se trata de un problema de ingeniería complejo y creo que algo saldrá mal con el sistema de IA de alguien", declaró hace unos meses.
El vacío regulatorio en Estados Unidos
A pesar de las constantes advertencias de científicos y exiliados de Silicon Valley, la regulación gubernamental sigue estancada. En Estados Unidos, la administración actual ha mostrado reticencia a imponer límites estrictos, argumentando que las restricciones podrían dar ventaja competitiva a China.
Mientras tanto, la Casa Blanca avanza hacia un marco de autorregulación voluntario y confidencial con gigantes como OpenAI, Anthropic, Google y Meta. Esta falta de supervisión externa ha llevado a que cerca de 1.400 empleados del sector firmaran una carta abierta exigiendo una intervención estatal urgente para frenar el ritmo de desarrollo y garantizar la seguridad colectiva.






